Este sábado vi un documental llamado "Would you save a stranger?", donde se narraban varios casos en los que personas anónimas eran atacadas y lo que hicieron sus conciudadanos al respecto.
A un hombre, dos desconocidos de aspecto respectable comenzaron a insultarle sin mediar provocación. Él se contuvo hasta que no aguantó más y les soltó algo que ya no recuerda... y no lo recuerda porque los dos matones lo tiraron al suelo y comenzaron a darle patadas en la cabeza, como quien da patadas a un balón de fútbol, pero conscientes de que dentro estaba el frágil cerebro de una persona.
Este hombre se despertó en el hospital, donde le contaron que una persona había arriesgado su integridad física para salvarlo de estos energúmenos. Su salvador explicaba que cuando vio la paliza, y comprendió que cualquier patada extra podía suponer la muerte para el desconocido, se enfadó tantísimo con los matones que el cabreo superó a su miedo, y ahí, en medio de una calle oscura y vacía, se enfrentó a ellos. No le golpearon, pero podrían haberlo hecho, desde luego.
El hombre salvado conoció 3 años después a su salvador, y gracias a él, además de la vida, mantiene la fe en la bondad del ser humano.
Sin embargo, en un autobús con bastante gente, unas pandilleras dieron una brutal paliza a una adolescente a la que no conocían de nada y nadie movió un dedo. La chica gritó pidiendo ayuda, e incluso una mujer hizo "¡¡¡¡shhhhh!!!!" para que se callara. Esta chica vive ahora sin esperanzas en la bondad de las personas, y dice que los adultos no son respetables, que en el fondo son igual que niños.
El caso de Kitty Genovese
Al ver el documental recordé haber leído hace tiempo sobre estudios que tratan de explicar el porqué un grupo de personas simplemente no reacciona ante situaciones de emergencia como el ataque a un inocente.
El caso más conocido y por el que se comenzó el estudio más conocido es el de Kitty Genovese, que en 1964 fue apuñalada repetidas veces en la calle por un serial killer y murió sin recibir ayuda; el ataque, entre huidas y regresos varios del agresor, duró una media hora. En su momento se publicó que había habido 38 testigos, pero hoy por hoy se sabe que no fue así. Sin embargo, este caso sigue usándose como parábola para ilustrar la pasividad de los testigos.
Del estudio surgido de este caso surgieron los términos diffusion of responsability (difusión de responsabilidad) y bystander effect (efecto espectador).
Resumiendo lo que dice este estudio y otros que he estado curioseando: básicamente, cuanto mayor es el número de testigos de una emergencia, menor es la posibilidad de que se reaccione y ayude a la víctima. La gente no se siente tan responsable como si la ayuda dependiera sólo de ellos, se apoya en que la masa tampoco está haciendo nada, y no sólo no actúa por miedo a las consecuencias, sino por miedo al ridículo ("esta situación no debe ser tan grave como creía, porque nadie hace nada... si voy a ayudar a lo peor quedo en ridículo").
Se aconseja que, si estás siendo atacada/o y una grupo de gente no hace nada al respecto, dirijas tus gritos de ayuda y mirada a una persona en concreto, no al grupo, porque así le estás dando la responsabilidad y se siente más "presionada" para actuar.
Todos nosotros podemos entrar en la categoría de espectador pasivo o en la de valiente defensor. Se dice que la empatía hacia la persona atacada (¿es mayor? ¿me recuerda a mi madre, por ejemplo? ¿o parece un borracho?), el grado de relación con la misma, y otros tantos factores determinan que ayudemos o no. Incluso el hecho de que tengamos o no prisa.
Mi hermana... de espectadora pasiva nada
Una noche de fin de semana íbamos mi hermana, un chico y yo andando por Moncloa, un barrio de marcha de Madrid al que dejé de ir hace muchos años por las peleas constantes que había.
En una esquina, a plena vista de decenas de personas, unos rapados se habían quitado sus cinturones y estaban golpeando a un chaval, que tenía los brazos sobre la cara. Le gritaban "¡¡¡Esta cazadora es nuestra!!!" o algo por el estilo. Miré la cazadora y obviamente era del chaval que estaba siendo golpeado, que era un mastodonte de grande pero que nada podía contra estos abusones que trabajaban en grupo (eran unos 3 chicos y creo que sólo una chica).
Mi hermana ni lo dudó... se acercó y dijo todo seria algo del estilo "¡Policía, acabo de avisar a mis compañeros, dejad a este chico en paz ahora mismo!". No me lo podía creer... la cara de asco de los chavales daba MIEDO, pero ahí nos quedamos, detrás de mi hermana sin decir nada para que no se complicara la cosa.
Mi hermana llevaba una cazadora tipo canadiense, no sé cómo explicarlo, se la compró en los EE.UU. y sí que parecía policial, pero vamos, yo y nuestro acompañante íbamos vestidos de marcha. Creí que nos acabarían dando, pero mi hermana fue tan tajante, habló tan clarito y tan potente, que aunque estos bestias no las tenían consigo, dejaron de pegar al chaval.
La dijeron algo de que mostrara credencial o como se llame... realmente poco más recuerdo, sólo que ahí seguía ella diciendo que en breve vendría ayuda. Yo miraba a la chica, morena y con una expresión de estar perdonándonos la vida que era alucinante... todavía me cabrea mucho ver a chicas que se apoyan en la fuerza física de hombres para hacer maldades.
Pues bien, poco tiempo después llegaron dos policias, y de ahí que nos fuimos. Nos vino Dios a ver, o quien fuera. Podría haber ocurrido otra cosa, nos podrían haber dado hasta... sin embargo, no puedo dejar de querer a mi hermana un poco más por lo que hizo, ayudar a un chaval del que no sabía nada.
Mi cobardía
Un día estábamos mi hermana, una amiga y yo sentadas en un banco fuera del Alcampo de Moratalaz. Unos chavales se pusieron a cantar Héroes del Silencio y mi hermana les acompañó, cantando con ellos. Pues bien, debió parecerle una provocación a una de las canis del grupito y se vino, le cogió del pelo a mi hermana, le tiró de modo que inclinó su cabeza hacia abajo y la empezó a golpear en el cuello.
¡Sí, señores, energúmenos como éstos andan libres por nuestras ciudades! Y lo peor es... que ni nuestra amiga, ni especialmente yo, hicimos nada. Me limité a mirar, petrificada, alucinando. Fue breve, pero sé que marcó a mi hermana, la marcó porque su propia hermana se quedó sentada con la boca y los ojos muy abiertos. Y yo sé que mi hermana hubiera estado ahí para mí como una leona.
La intenté explicar que tengo mucho miedo a quedarme paralítica si me dan en la espalda (estoy operada), que no quise meterme a no ser que hubiera sido más serio. Hoy por hoy no sé bajo qué circunstancias ayudaría a un desconocido, ¡pero sí sé que a mi familia no la vuelvo a fallar!